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Colaboración especial de

Gilberto Muñiz Caparó

Gilberto Muñiz Caparó, en esta oportunidad, nos ha enviado como contribución a ésta página dedicada a su sobrino Oscar A. Bachoir, tres cuentos y un poema, una pequeña muestra de su extensa producción literaria.


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Licenciado Gilberto Muñíz Caparó

Gilberto Muñiz Caparó, Licenciado en Letras y Ciencias Humanas; Periodista, Radiodifusor. Con un Master en Ciencias Políticas y Administrativas, ha trabajado como Analista Político en Radio y Televisión. Como Político ha desempeñado en Perú importantes cargos, como Congresista Nacional, Alcalde del Cusco, Presidente de la Comisión Bicameral de Presupuesto del Congreso de la República, Presidente de la Comisión de Economía del Congreso, Asesor del Presidente Valentín Paniagua Corazao en el Gobierno de Transición. Ha incurcionado en el mundo de la literatura, habiendo publicado las novelas "Amor Mestizo" y "Con el Fogón Encendido" y en imprenta "Atrapado en el Pantano". Actualmente tiene en preparación el libro de "Hampatu" con cuentos y leyendas del Perú.

Del libro de Hampatu - Serie andina - "EL BOSQUE" - Cuento

En PDF : 4 Pág. = 29 Kb - INDIA REFINADA- Cuento


"AMOR SERRANO" - Cuento

"A CESAR VALLEJO" - Poema



El Bosque
Gilberto Muñiz Caparó

A un bosque andino, nutrido de oxígeno y de vida, con todos sus seres animados, conservando el íntegro de sus sensaciones y movimientos y reflejando el vigor de la fuerza espiritual que en su seno encontraban los habitantes del Ande, llegó de lejos un hombre montado a caballo en busca de morada y habló con el árbol que él escogió, al que le puso de nombre "El árbol de la Esperanza".

-Préstame unas cuantas ramas de tu frondosa longevidad -le dijo-con gran respeto.

-Para qué las quieres -preguntó el árbol.

-Con ellas construiré mi casa y abrigaré mi hogar -contestó el buen hombre.

-Llévate ramas grandes y pequeñas. Levanta tu casa y vive en paz -dijo muy solemne el árbol.

El barbado, contento, hizo su casa y formó su hogar. Pero pronto regresó; y, frotando sus manos cuarteadas por el frío, exclamó:

-Querido hermano "Árbol de la Esperanza"El invierno está crudo. Noches difíciles, penetrantes y frías estoy viviendo. Necesito más abrigo. Sin calor no podrán vivir los míos ni tampoco yo -agregó.

El árbol, generoso, sonriente, contestó:

-Los oriundos de esta región se abrigan bien y no necesitan cortar árboles para ello. Los hombres de estas tierras, han sido siempre muy respetuosos con la naturaleza. Los bosques fueron, desde antaño, sus templos de paz, de descanso, de reflexión y de provisión de oxígeno. Construye tu casa con barro y piedra como lo hicieron siempre los pobladores de estas tierras. La boñiga y la paja ayudarán a mantener tu fogón encendido y te darán mucho calor -dijo-.

-Mi gente necesita estar más confortable y vivir mejor-explicó el hombre-. Nosotros hacemos nuestras casas utilizando mucha madera y nos alimentamos y abrigamos gracias a ella. También nos gusta mantener las llamas vivas en nuestro fogón.

-Si ha de ser para que vivas tranquilo, una buena poda no me vendrá mal. Corta de este lado, sin dañar mis venas ni mis raíces porque de ellas brotarán más ramas y tú podrás abrigarte mejor; corta poco a poco, sin herir mis canas, respondió el árbol, muy condescendiente.

El hombre, sereno, agradecido, fiel al consejo, sin herir cortó y su fogón avivó.

Pasaron los días, las semanas y los meses. La naturaleza que aún se prodigaba a sus anchas, seguía el ritmo de los milenios de convivencia con el aborigen de entonces. Las aves eran tantas que tapaban el cielo y le quitaban luz al día cada vez que levantaban vuelo para emigrar en busca de sol. El aire sobraba y los ríos estaban límpidos y corrientes; los verdes se multiplicaban; la creación se mantenía en perfecto equilibrio y el ser humano convivía en gran armonía con las plantas, los animales y hasta con las piedras. Tal vez -la Pachamama- que se había acomodado a las formas de vivir de esa formidable Civilización asentada en el Ande, no había percibido entonces los peligros que entrañaba continuar dialogando, concediendo y aceptando los requerimientos del extranjero. Así fue que, el hombre blanco, una vez más regresó.

-Me falta más madera -dijo- porque mi casa ha crecido. Necesito de tu ayuda para hacer más confortable la existencia de mis familiares.

El árbol, complaciente, sin mostrar impaciencia y sin pedir ninguna explicación adicional, cedió sus ramas, las más gruesas, las más largas y también las pequeñas.

Un día de tantos, cuando aún todo era calmo y la paz reinaba en esa esquina del Ande, llegó al bosque otro hombre, y otro y más y más… y la espesura preñada de belleza, esos paisajes y microclimas que otorgaban vida a la existencia, de hombres de distintas razas y credos y ambiciones se fue poblando. Unos -los leñadores-se conformaban con un árbol; otros -los mercaderes- sin piedad por la naturaleza, arrasaban, depredaban, esquilmaban. No contentos con ello, hundían sus barretas hasta arrancar las raíces, hasta arrancar las raíces, hasta arrancar las raíces. Uno de los que sucumbió temprano fue el "árbol de la esperanza". Hoy, en ese recodo del Mundo Andino, ya no hay árboles ni hay hombres; y, de vez en cuando, alguna que otra solitaria golondrina, pasa volando en busca de sol...



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Amor Serrano
Gilberto Muñiz Caparó

Al atardecer de un domingo invernal, regresaba a casa después de un almuerzo muy regado. Hacía frío y mi cuerpo reclamaba un abrigado descanso.

Muy cerca ya de mi hogar, en la misma esquina donde empecé la vida, me topé con una escena por demás violenta y desigual: un hombre de origen andino, embriagado, le arrimaba una feroz paliza a su mujer, también subida de tragos. Su furia crecía en la medida en que la fémina gemía, gritaba e insultaba con desgarrada voz. Los puntapiés, trompadas y sopapos caían uno tras de otro en el cuerpo de su víctima, haciendo sólo breves pausas que el sujeto requería para tomar aliento. Y la mujer sangrando, llorando y pujando, aprovechaba las pausas para repetir sus insultos que, al parecer, enfurecían más al atacante.

-¡Ayau! ¡Ayayau!, hueqro aqarwito, ¡ayayau carajo! ¡Kunanmi rikunki! (Ay me duele, me duele mucho maldito brujo del infierno, ay me duele carajo, ahora vas a ver. Supaypa wawan (hijo del demonio, desgraciado).

No soy de las personas que gusten comprarse pleitos ajenos, pero el drama por demás doloroso me sacó del esquema. Sin reflexionar un instante atiné a intervenir:

-Oye, ¡carajo! Qué pasa contigo ¿Por qué la golpeas de esa manera?

El runa, muy respetuoso, con exagerada ceremonia se me acercó tambaleante. Dijo:

-Perdón papá. Esta es pues mi mujer. Me molesta papá. Se abusa conmigo. Todo el tiempo me está fregando.

-¡Carajo! Pero no puedes pegarle de esa manera, por mucho que te moleste. A una mujer no se le pega por ninguna razón -dije con seguridad y dominio de la situación.

-Perdón papá. Ya no le voy pegar más papá, perdón papá.

-Bueno, bueno, ahora, levanta a tu mujer del suelo y llévala a que la curen, mira cómo está de maltratada la pobre -dije, dando por terminada mi participación.

Pero no bien pronuncié la última palabra, surgió la voz destemplada e irritante de la mujer. Ella, se había incorporado ayudada por la pared. Con el rostro ensangrentado, mostrando un aspecto diabólico -palmeando sus manos, como aplaudiendo toda su insolencia- se me enfrentó a grito pelado. Por demás indignada dijo:

-Por que te metes pues en mi vida, saqra misti aqarwito(mestizo endemoniado y maldito) Es mi marido pues, él pues tiene su derecho de pegarme, tiene pues todo su derecho, por algo es mi marido; si quiere puede matarme, a ti que te importa. Pin kuna kanqui alko mana munayoq (quién eres tú perro sin alma).

El hombre, siempre respetuoso atinó a decirme:

-Perdón papá, perdón papá, no le hagas caso. Ella está buscando pues mi cariño. Por eso pues le pego papá, por eso pues le pego…



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A César Vallejo
Gilberto Muñiz Caparó


Las viejas voces del campanario
siguen allí, diciendo cosas.
Hablando están,
gritando están
y con sus campanas del tiempo,
continúan llamando,
y cada vez más firmes, convocando

Y con ellas, su campañero,
enérgico, armonioso, gigante
con sus versos maduros,
humano, vibrante,
está creciendo,
como crece la inmensidad
de un infinito sin escudos.

Vallejo, el Cesar del horizonte literario,
con su mensaje diáfano,
con sus aprestos sinceros,
fresco y siempre lozano
está brillante,
está brillante, está brillante.

César, el Vallejo de los poetas,
fiel compañero del pueblo eterno,
hace madurar su grito fraterno
preñado de versos con saetas.
César Vallejo, convocador permanente,
con sus campanas del tiempo
nunca, jamás, ha estado ausente.

Las viejas voces del campanario
están llamando… y convocando;
y con ellas, el poeta. lúcido, triunfante,
diestro navegante
en los húmeros del dolor latinoamericano;
y con ellas, el Poeta, primer asistente
del nuevo plenario del Continente.


Volver Arriba ^ - Gilberto Muñiz Caparó



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